Hablemos de lo de
siempre como nunca. Evitemos esas conversaciones cotidianas sobre lo trivial de
un día, la mínima novedad en la rutina o el superficial “¿qué tal?”. No puedo
pretender que surja espontáneamente, porque esa pretensión contradice el
deseado fin. Busca el momento tanto como el sol la tierra cuando atardece…a
veces incluso parece casual. Las buenas palabras vienen cuando menos las
esperas y mientras transcurren, no te das cuenta de lo bien recibidas que son. Al
siguiente día, si hay suerte, podrás expresar tu gratitud ante ese diálogo
intenso y diferente, el cual hizo que pudieras ir más allá de lo que nos
permite el pensamiento. No soporto los monólogos ególatras de personajes que sólo
buscan lucirse y demostrar la mierda que sea para ensalzar su patética figura.
Quizás todos en algún momento caigamos en esa dinámica, pero por poco tiempo,
mucho menos haremos de ese discurso puntual una costumbre. Admiro a aquellos
que, cuando hablan en alguna de estas ocasiones, intentan que comprendas lo que
quieren decir, aquellos que sólo –y digo sólo como si fuera fácil- desean ser
comprendidos y respondidos, criticados y admirados, partícipe y espectador del
mayor espectáculo de la comunicación, que es hablar con una buena persona
mientras se bebe dónde sea el brebaje que sea, a elegir cerveza, claro. Lo
mejor de hablar en estas tardes-noches, preferentemente, es llegar a un punto en
el que pones en duda, en el que te pones en duda algo que hasta ese instante
creías creer. Al hablar ordenas pensamientos, y éstos se contradicen y
pierden el sentido a veces lo que nos hace volver a plantearnos cuestiones que
inocentemente teníamos resueltas. Maravilloso equilibrio entre una pura
introspección crítica en un contexto totalmente extrovertido.
Otra buena razón
para ir al bar con la mejor compañía posible. Si tengo que elegir, prefiero mi barrio antes que cualquier garito por cutre que sea.
Buenas noches.